La cocina siempre cambia: lo que un almanaque de 1940 puede contarnos sobre nuestra manera de comer

Hay objetos que parecen guardar mucho más de lo que fueron diseñados para contener.

Un viejo almanaque, por ejemplo.

Hace poco llegó a mis manos un ejemplar de 1940. A primera vista podría parecer simplemente un recetario antiguo, pero cuando uno comienza a observarlo con detenimiento aparecen muchas otras cosas: publicidad, recomendaciones, productos, formas de cocinar, tamaños de las porciones, ideas sobre nutrición y, sobre todo, una manera muy particular de imaginar la vida dentro de una casa.

Y entonces el recetario deja de ser únicamente un conjunto de recetas.

Se convierte en una fotografía de su tiempo.

¿Quién decidía qué se comía en casa?

Hay algo que resulta especialmente interesante cuando revisamos publicaciones domésticas de la primera mitad del siglo XX: buena parte de ellas estaba dirigida a las mujeres.

No es casualidad.

Durante décadas, aunque las mujeres no necesariamente fueran quienes generaban el ingreso familiar, sí tuvieron un papel decisivo en las decisiones relacionadas con la alimentación y el consumo del hogar. La publicidad lo entendió muy pronto y comenzó a hablarles directamente: qué comprar, qué cocinar, cómo conservar, qué electrodoméstico facilitaría el trabajo y qué producto haría más eficiente la vida doméstica.

El Almanaque Dulce es un ejemplo particularmente interesante. Publicado por la industria azucarera, utilizaba recetas, consejos y contenidos de economía doméstica para promover el consumo de azúcar. No se trataba solamente de vender un producto: se construía alrededor de él todo un universo de posibilidades culinarias.

Las recetas también venden.

Pero no solamente ingredientes.

Venden una idea de cómo debería funcionar una casa.

La practicidad tampoco es nueva

Hoy hablamos muchísimo de practicidad.

Recetas rápidas.

Meal prep.

Electrodomésticos que ahorran tiempo.

Productos listos para consumir.

Alimentos congelados.

Envasados.

Entregas a domicilio.

A veces pensamos que nuestra obsesión por hacer todo más rápido es completamente contemporánea.

No lo es.

Hace casi un siglo ya se estaba construyendo la idea de que la tecnología podía hacer más eficiente el trabajo doméstico.

La llegada y promoción de estufas, refrigeradores, licuadoras, batidores y otros aparatos transformó poco a poco los procedimientos de la cocina. La publicidad no solo anunciaba los aparatos: también enseñaba cómo utilizarlos y, en muchos casos, incluía recetarios para demostrar todo lo que podían hacer.

La licuadora, por ejemplo, no llegó simplemente para ocupar un espacio en la cocina. Modificó procesos y también sabores.

La tecnología no solo cambia lo que tenemos.

Cambia lo que hacemos con lo que tenemos.

Una casa que cambia, una cocina que cambia

Y aquí aparece otro asunto que me parece fascinante: el espacio.

Las ciudades crecieron. Las familias cambiaron. Las viviendas se transformaron y, en muchos casos, los espacios disponibles para cocinar se redujeron.

La cocina dejó de ser necesariamente ese gran centro de trabajo que necesitaba espacio para almacenar, preparar, conservar y cocinar.

La vida urbana fue pidiendo otras soluciones.

Y la industria respondió.

Más productos procesados.

Más alimentos envasados.

Más electrodomésticos.

Más preparaciones pensadas para ahorrar pasos.

No necesariamente porque la gente hubiera dejado de disfrutar cocinar.

Sino porque el tiempo disponible comenzó a valer cada vez más.

¿Realmente ya no nos gusta cocinar?

No estoy tan segura.

Si algo nos demuestra la enorme cantidad de cursos de cocina, tutoriales, cuentas gastronómicas, videos y recetas que consumimos actualmente es que existe un interés enorme por aprender a cocinar.

La gente sigue queriendo cocinar.

Lo que muchas veces no tiene es tiempo.

Y quizá esa sea una de las grandes contradicciones de nuestra época: tenemos más información, más recetas, más herramientas y más acceso a ingredientes que nunca, pero también vivimos con agendas mucho más fragmentadas.

Porque cocinar siempre ha necesitado algo que ninguna tecnología puede producir:

tiempo.

Y durante mucho tiempo hemos fantaseado con tener una cocina perfectamente equipada, todos los ingredientes disponibles, suficiente espacio para trabajar y, sobre todo, unas horas libres para hacerlo tranquilamente.

La cocina ideal siempre ha sido, en buena medida, una fantasía de recursos.

También cambió nuestra percepción del postre

Volvamos al almanaque.

Entre sus páginas aparecen recetas donde el azúcar y las frutas tienen un papel protagonista. Las conservas, jaleas y mermeladas ocupan un lugar importante y, en algunos casos, encontramos recomendaciones que hoy nos hacen levantar una ceja.

Por ejemplo, sugerir añadir un poco de azúcar a determinadas verduras para mejorar su sabor.

No es que las personas de 1940 fueran incapaces de distinguir lo saludable de lo que no lo era. Tenían los conocimientos disponibles en su momento, pero también estaban expuestas a discursos comerciales y nutricionales muy distintos a los actuales.

El propio Almanaque Dulce es un ejemplo de cómo la industria podía participar en la construcción de esos discursos.

Y aquí aparece una pregunta que me parece mucho más interesante que juzgar aquellas recetas desde el presente:

¿Cuánto de lo que hoy consideramos una verdad absoluta está también condicionado por quién nos lo está contando?

No es nuevo tener verdades a medias.

Como digo en mis clases:

“Dependiendo de lo que quieran vendernos, también cambia aquello que nos dicen que debemos temer.”

Por eso me gusta revisar estos documentos con curiosidad, pero también con pensamiento crítico.

¿Y las porciones?

Hay otra cosa que probablemente muchos hemos experimentado sin darnos cuenta.

Las vajillas de nuestras abuelas.

Esos platos que hoy nos parecen pequeños.

Los vasos.

Las tazas.

Los recipientes.

Cuando observamos objetos domésticos de otras épocas podemos encontrar una relación diferente con las cantidades. Y esto también nos lleva a pensar en cómo han cambiado nuestras porciones, nuestros platos y nuestra percepción de lo que significa «comer suficiente».

No se trata de afirmar que antes todo era mejor.

Sería demasiado sencillo.

Se trata de observar.

Porque una receta también habla de su época.

Habla de lo que costaban los ingredientes, de qué productos estaban disponibles, de qué tecnología existía, de quién cocinaba, cuánto tiempo tenía esa persona y qué se esperaba de ella.

Cocinar también puede convertirse en un lujo

Y aquí llegamos a una paradoja que me parece preciosa.

Durante décadas, la cocina fue asociada con obligación.

Había que cocinar porque había que alimentar a la familia.

Hoy, para muchas personas, cocinar se ha convertido en algo completamente diferente.

Puede ser un lujo.

Una forma de terapia.

Una actividad para desconectarse.

Un pretexto para reunir amigos.

Una manera de enseñarles algo a los hijos.

Una forma de recuperar una receta familiar.

Una manera de recordar a alguien que ya no está.

Incluso puede convertirse en una actividad recreativa que alguien elige hacer precisamente porque no tiene obligación de hacerlo.

Y siempre habrá quien prefiera lavar los platos y lidiar con la limpieza antes que cocinar.

También eso es perfectamente válido.

Al final, la cocina permanece

Quizá por eso me gusta tanto mirar un recetario antiguo.

Porque mientras cambian las recetas, los ingredientes, los electrodomésticos, las casas, las porciones y las modas alimentarias, hay algo que permanece.

La cocina sigue siendo un lugar donde se toman decisiones.

Donde se aprende.

Donde se negocia.

Donde se cuidan unos a otros.

Donde se construyen recuerdos.

La industria ha cambiado muchísimo nuestra manera de cocinar y de consumir. La publicidad también. La tecnología, el crecimiento de las ciudades y la falta de tiempo han transformado profundamente nuestras cocinas.

Pero seguimos regresando a ellas.

Quizá porque, a pesar de todos los cambios, el espíritu de la casa sigue estando ahí, En la cocina.

Y seguirá estando.

Quizá por eso sigo creyendo tanto en aprender a cocinar.

No para regresar a una cocina de 1940, ni para romantizar la idea de que antes todo era mejor. Tampoco para convertir la cocina en una obligación más.

Sino para entenderla.

Entender los ingredientes, las técnicas, las recetas que heredamos y las que podemos transformar. Aprender a resolver con lo que tenemos, a perderle el miedo a una preparación nueva y, sobre todo, a recuperar ese tiempo alrededor de la cocina que hoy parece tan difícil de encontrar.

De eso también hablamos en @core_taller: de cocinar, sí, pero también de aprender, experimentar, compartir y descubrir que detrás de cada receta hay mucho más que una lista de ingredientes.

Porque al final, la cocina cambia con nosotros.

Cambian las casas, los utensilios, los ingredientes, las modas y hasta nuestros tiempos disponibles.

Pero el espíritu de la casa sigue estando ahí. En la cocina. Y seguirá estando.

@florcoronachef

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